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¿Cuándo me hice corredor?

“We are fa-mi-ly” gritó el voluntario de pelo cano, cantando el clásico de Sister Sledge que sonaba por los altavoces. Estaba en una acera de la Avenida Martin Luther King en el PArque Fairmount en Philadelphia, moviendo sus caderas al ritmo, y ofreciéndome una botella de agua.

Eran las 6 de la mañana y llevaba recorridos 6 kilómetros de los 18 de la tirada larga que me tocaba, y era una mañana dura de verano llena de humedad. El sudor caía por mis piernas y encharcaba mis zapatillas, haciéndolas chapotear a cada paso. Para aguantarlo, estaba haciendo una pausa para correr y beber agua cada kilómetro y medio, y mi botella estaba casi vacía. Cuando pasé cerca del voluntario bailarín, me pidió que cogiera la botella: “Por favor, tenemos muchas”. Quería cogerla, pero negué con la cabeza. No formaba parte de la carrera. Yo no había pagado mi dorsal.

“La” carrera era el Reto de 24 de Philadelphia, un ultramaratón en el que 300 corredores recorren un circuito de 12 kilómetros tantas veces como pueden durante 24 horas. Cuando llegué al Parque Fairmount (abierto a todos los corredores) los participantes llevaban 20 horas corriendo.

Mi reloj pitó: era hora de caminar. Pero seguí corriendo, dándome cuenta de repente de todo el esfuerzo y ambición que los corredores ponían a mi alrededor. ¿Cómo podría parar a caminar cuando ellos habían estado casi todo un día? Estaban haciendo 125, 150, 180 kilómetros (el corredor hizo casi 200). Ellos se merecían parar a caminar, el agua, escuchar “We Are Family” en los altavoces. Yo sólo iba a hacer 18 kilómetros.

Espera. ¿Cuándo 1 hora y media de carrera continua se convirtió en “sólo”?

Hace siete años ni siquiera corría. No hasta que me pidieron que escribiera un artículo con un entrenador online, en lo que suponía sería una pieza cómica forzando a un anti-runner a correr. La primera vez me costó completar un kilómetro. Poco a poco, acabé un 5K, luego 16 kilómetros, un medio maratón, y… sí, ahí es donde voy… -un maratón, al final. El asfalto se convirtió en ese lugar en el que podría solucionar una incidencia en una relación, solucionar un problema de trabajo o pensar en cualquier cosa como por qué a mi perro, y esto es real, le encanta rebozarse en caca de pato.

Pero cuanto más corria, menos me fijaba en lo que había conseguido y empezaba a compararme a otros corredores. Me consideraba una perezosa si no podía correr tan rápido o tan lejos como otros. Ese día en el Parque Fairmount me dí cuenta de que había pasado de pensar que un kilómetro tenía como recompensa una noche de fiesta a rechazar agua en un día tan caluroso como peligroso porque mi entrenamiento no era suficientemente bueno.

Nadie que corre 18 kilómetros bajo el calor a las 6 de la mañana es un vago.Paré a caminar, y me di la vuelta en el punto intermedio de la ruta. Cada corredor cansado que me encontraba me decía: “Bien hecho” o “Buenos días”, o me sonreía cansado. Si ellos no me juzgaban, ¿por qué iba a hacerlo yo? Sus objetivos no eran los míos, y yo correría los días que ellos descansaran. No necesitaba correr vueltas sin fin alrededor del parque. Necesitaba hacer 18 kilómetros como parte de mi objetivo de correr un maratón en octubre.

Volví a encontrarme el avituallamiento. El mismo voluntario que bailaba, la misma música, sólo que este tiempo sonaba “Apache” de los Sugar Hill Gang.

“Hay Yoooo Silver”, me gritó acompasado con la canción, ofreciéndome dos botellas de agua.

Cogí una. Y corrí, caminé y corrí hacia acasa.